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La tradición vinícola se reafirma en la antigua bodega del Pazo La Moreira, convertida en museo que rinde honores a la elaboración ancestral del vino. Entre sus gruesos muros de piedra, donde no falta un lugar para el aguardiente, pueden verse algunos bocoyes centenarios de diversas formas y tamaños (incluída la silueta alargada de una barrica de estilo germánico), el conducto por el que llegaba el mosto y hasta una chimenea que ayudaba a combatir el frío y facilitar la fermentación. De estas técnicas rudimentarias, a los depósitos de acero inoxidable, el salto ha sido enorme; el proceso se ha modernizado, pero las formas de hacer vino no han variado mucho en tres siglos, como para anular la deuda con esos orígenes artesanos.

El porte majestuoso de la piedra se traslada a la segunda Bodega de Marqués de Vizhoja, para la que se ha habilitado un antiguo secadero de tabaco, que mantiene en el techo la estructura de madera originaria. Aunque parezca un lugar atípico para el vino, la originalidad de la planta rectangular que ha obligado a adecuar la disposición de los tanques al estrecho espacio disponible, ofrece una imagen curiosa y diferente. Las ventanas primitivas que facilitaban la aireación de las hojas de tabajo, se han tapiado para que nada perturbe la elaboración del vino en este conjunto tan peculiar que pone, como en un escaparate en el que se exhibe de todo, la piedra y la madera junto a los 26 depósitos de acero inoxidable que posee la bodega.